¡Unos exploradores encontraron una forma misteriosa atrapada en un iceberg, abrieron la escotilla y salió a la luz la verdad congelada!

La constatación golpeó a Elena con toda su fuerza. Nunca había habido un piloto moribundo atrapado en el hielo, ni se había producido ningún accidente reciente. La cápsula no era más que un vestigio abandonado del espionaje de la Guerra Fría que se había desviado de su objetivo por medio mundo y había sido engullida por un glaciar antes de que ningún equipo de rescate pudiera llegar hasta ella.

Por la mañana, un helicóptero con grúa de gran capacidad levantó el satélite antiguo de la nieve y se lo llevó hacia la estación principal de investigación para su conservación. La tormenta había amainado, dejando la enorme pared de hielo fracturada bañada por una luz solar pálida y gélida. Elena y Sam estaban junto a su moto de nieve, mirando al cielo, hacia donde se había desvanecido el helicóptero.

El silencio del glaciar había vuelto, pero el recuerdo inquietante de aquella voz distorsionada aún resonaba en la mente de Elena. Habían arriesgado sus vidas, luchado contra la gélida tormenta y estado a punto de morir aplastados para salvar a un fantasma: una grabadora automática que pedía ayuda a un equipo de rescate que nunca llegaría, a una nación que ya no existía.