¡Unos exploradores encontraron una forma misteriosa atrapada en un iceberg, abrieron la escotilla y salió a la luz la verdad congelada!

Elena y Sam se abrieron paso entre la fila de personal médico y apuntaron con sus linternas directamente hacia la estrecha abertura. Pero cuando los brillantes haces de luz LED atravesaron el vapor que aún flotaba en el interior de la esfera, ambos se quedaron paralizados, en un estado de total consternación y sin palabras. No había ningún piloto. No había equipo médico, ni máscara de oxígeno, ni ningún ser humano. El estrecho interior estaba repleto por completo de tubos de vacío antiguos, gruesos cables de cobre y una enorme lente de cámara óptica.

«¿Dónde están?», balbuceó Sam, con la voz temblorosa, mientras dirigía la luz más hacia el interior de la oscura cavidad. «¡Los hemos oído! ¡Los dos hemos oído una voz!». Metió la mano dentro, palpando frenéticamente el frío chasis metálico, pero el espacio era demasiado pequeño para que cupiera una persona. La cápsula estaba completamente desocupada.

El pánico creciente dio paso a una profunda y escalofriante confusión cuando un ingeniero dirigió un potente foco hacia un pequeño y primitivo transmisor de radio atornillado a la pared interior. Un cortocircuito provocado por el derrumbe del glaciar había enviado una descarga eléctrica desde una vieja batería hacia una unidad mecánica de cinta. La cinta magnética había estado girando sin cesar a través de un pequeño altavoz externo hasta que la batería finalmente se agotó, apenas unos instantes antes de que se abriera la escotilla.