Durante cuarenta y cinco minutos insoportables, el glaciar resonó con los sonidos frenéticos y rítmicos de los picos y las sierras para hielo. A Sam le ardían los brazos de agotamiento y le chorreaba el sudor por la cara a pesar de que la temperatura estaba por debajo de cero. Por encima de él, Elena tiraba del cable del cabrestante manual, intentando generar suficiente tensión para liberar la pesada masa invisible de su cuna de hielo antes de que la tormenta les dejara completamente ciegos.
—¡Sigue tirando, Sam! ¡La voz se está desvaneciendo! —gritó Elena, con los nudillos blancos por la fuerza con la que agarraba la manivela del cabrestante. Abajo, la emisión, ronca y desconocida, se iba transformando en un susurro débil y desesperado. Poco a poco, los sonidos vocales se apagaron por completo, dejando tras de sí solo un silencio muerto y aterrador.
Temiendo que el ocupante acabara de perder el conocimiento por falta de oxígeno, Sam se lanzó a picar el hielo que lo rodeaba con renovada furia. Retiró gruesos trozos de hielo del borde superior del objeto, totalmente concentrado en liberar la pesada estructura metálica antes de que quienquiera que estuviera atrapado en su interior se asfixiara en aquella oscuridad helada.