Aunque el coche terminado tenía un aspecto extraordinariamente auténtico, lo que realmente impresionó a la gente no fue simplemente su apariencia, sino la maestría artesanal que se escondía bajo el capó. A diferencia de muchas réplicas que dependen en gran medida de coches donantes, Ken había fabricado personalmente gran parte del vehículo. El chasis, la carrocería de aluminio, la configuración de la suspensión, los mecanismos de las puertas y un sinfín de pequeños componentes reflejaban años de paciencia y capacidad para resolver problemas.
Sin duda, su formación en ingeniería le ayudó, pero incluso los constructores más experimentados reconocieron el increíble nivel de destreza que se requería para llevar a cabo un proyecto de este tipo. Construir un superdeportivo que funcione es difícil. Construir uno casi por completo a mano es algo totalmente distinto.
Cada soldadura, cada panel y cada curva cuidadosamente perfilada representaban miles y miles de horas de dedicación.