Al contemplar hoy el Countach terminado, es fácil fijarse en la preciosa pintura, el diseño espectacular o el rugido del motor V8. Pero la verdadera historia no tiene que ver con el coche. Tiene que ver con la perseverancia. Durante diecisiete años, Ken siguió trabajando para alcanzar un objetivo que mucha gente habría descartado por imposible. No hubo atajos, ni campañas virales de financiación colectiva, ni una fábrica profesional que le respaldara: solo innumerables tardes dedicadas a dar forma al metal, pieza a pieza.
La mayoría de los sueños se desvanecen al cabo de unos meses. Este perduró casi dos décadas. Y, al final, el Lamborghini terminado se convirtió en la prueba de que los resultados extraordinarios suelen ser fruto de una paciencia extraordinaria.