Le temblaban las manos mientras escuchaba, pero no me interrumpió. Cuando terminé, tragó saliva. «Así que… no crees que sea yo», dijo. «No creo que lo haya sido nunca», dije. Se quedó pensativo un momento.
Luego, en voz baja, «¿Qué pasa ahora?» Le dije la verdad. Que los responsables vigilaban los patrones. Que contaban con que siguiera caminando. Y que si él quería -sólo si quería- podíamos detenerlo.