La ruta de Walter pasaba por todo eso. No dentro de las casas. Sin romper ventanas ni forzar puertas. Sólo de paso. Siempre cerca. Siempre lo suficientemente cerca para ser recordado. Lo suficientemente cerca como para ser culpado más tarde si alguien necesitaba una cara.
Y todos los robos ocurrían justo después, nunca durante. Como si el responsable supiera exactamente cuándo moverse. Me eché hacia atrás, mirando al techo, y la respuesta se asentó con una especie de temor silencioso.