¿Quién responde preguntas sin responderlas realmente? ¿Y quién desaparece sin dejar rastro? Me dije que no era nada. Un hombre cansado. Un trabajador nocturno sin otro lugar donde estar. No era ilegal caminar. No era ilegal estar exhausto. Sin embargo, un pensamiento se negaba a abandonarme: si era inocente, lo volvería a ver. Y si no lo hacía, eso significaba algo totalmente distinto.
Entregué al atracador en comisaría justo antes del amanecer. Se quedó callado en cuanto le quité las esposas, con los ojos desorbitados, como si ya estuviera calculando en qué lío se había metido. Los demás se lo llevaron para interrogarlo. Alguien me dio una palmada en el hombro y me dijo que lo había hecho bien. Otro agente murmuró que quizá esto nos daría por fin algo con lo que trabajar.