Pero ni Elias ni Henrik abandonaron el muelle. Se quedaron allí, empapados y en silencio, viendo cómo los investigadores llevaban a la cría al refugio de rehabilitación y cómo la puerta se cerraba tras ellos con un suave chasquido. Volvía a nevar, copos que se derretían al contacto.
La tormenta había pasado, pero su peso permanecía. El tiempo se alargó. Una hora más tarde, la puerta se abrió. Salió una mujer con una parka roja. Mediados de los cuarenta, mirada aguda, tranquila, se movía con la tranquila autoridad de alguien acostumbrado a manejar la vida al límite.