La paz duró hasta media mañana. Un hombre apareció en el mostrador de recepción, de unos cuarenta años, con un corte de pelo impecable, un abrigo limpio y los ojos llenos de preocupación. «Vengo a buscar a mi hija», dijo con voz suave. «Me han dicho que la trajeron aquí anoche» El empleado vaciló. «¿Su nombre, señor?» «Douglas Ryan», contestó, entregándole unos papeles.
Los documentos parecían oficiales: certificado de nacimiento, declaración jurada de custodia, foto del carné escolar. Incluso tenía una foto enmarcada de una niña. Para el ojo inexperto, todo encajaba. Pero Elena notó el estado de alerta antinatural de Valorian. La sonrisa del hombre no le llegaba a los ojos. Era de las que tienen demasiado cálculo.