Elena observó desde las puertas de cristal, con los brazos cruzados, hasta que desaparecieron en la húmeda tarde gris. Odiaba el repentino vacío en la ventana de la UCI. La niña se removió una vez en sueños, como si percibiera la ausencia. «Tu amigo el perro volverá», susurró Elena.
El convoy se alejaba de la ciudad: dos coches patrulla, una furgoneta de control de animales y el todoterreno del adiestrador. Valorian iba sentado en la parte de atrás, tranquilo pero atento, levantando la cabeza de vez en cuando para probar el viento de la ventanilla entreabierta. «Está leyendo algo», murmuró el adiestrador. «¿Lo ve? Está leyendo algo» El detective asintió, esperanzado pero en silencio.