El cable se rompió con un chasquido seco. —Uno —dijo el veterinario—. Ahora el hombro. Rápido. El segundo alambre era más difícil de alcanzar. El doctor Okafor introdujo las pinzas por debajo mientras Walt contenía la respiración, y las orejas de la lince se movieron una vez, y luego otra. Sus labios se retorcieron, dejando al descubierto los dientes, mientras dormía.
—Ya está subiendo —dijo el veterinario—. Walt, ahora. Walt apretó los alicates. Le temblaban los brazos. No pasó nada. Cambió la posición de las manos y apretó con tanta fuerza que le ardían los hombros, y el segundo cable se rompió y se soltó.
El veterinario le quitó el alambre de un solo movimiento largo y cuidadoso y lo tiró a la paja. «Atrás», dijo. «Atrás. Ahora mismo». Retrocedieron hacia las puertas. Sobre el fardo, la lince abrió los ojos. Al principio estaban apagados. Luego enfocaron la mirada. Levantó la cabeza y miró directamente a los dos hombres.