—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Walt—. Veinte minutos. Quizá menos. He puesto una dosis baja. —Walt ya se había puesto en marcha. Cincuenta años arreglando vallas le habían proporcionado todas las herramientas que un hombre pudiera necesitar, y sabía exactamente dónde estaban: en la pared del fondo del cobertizo del tractor, colgadas del gancho junto a la ventana.
Corrió. Hacía años que no corría. La nieve caía ahora de lado, y se cayó de rodillas una vez en el patio, pero se levantó sin sentir nada. Los alicates para vallas estaban donde siempre habían estado. Pesados, viejos, con los mangos rojos desgastados hasta quedar pálidos por el uso.
Cuando volvió, jadeando como un fuelle, el veterinario ya tenía la pata delantera preparada y había sacado el alambre del pelaje con unas pinzas. Walt colocó las mordazas de los alicates sobre el cable y empujó con todas sus fuerzas. Sobre el fardo, la pata del gato montés se estremeció.