Se reían de su muro de girasoles… hasta que llegó la ventisca

La mañana no trajo sol. Trajo silencio. Tras horas de viento atronador, la quietud resultaba extraña. La mujer abrió la puerta unas pulgadas antes de que la nieve apisonada la detuviera. Ella y su hija empujaron hasta que consiguieron hacer espacio para salir a gatas. El pueblo tenía un aspecto diferente. Las vallas habían desaparecido bajo los montones de nieve. Había tablas sueltas medio enterradas y el cobertizo había perdido parte del tejado. Todo el mundo se movía lentamente, revisando las casas y los animales.

Un vecino llegó hasta su cabaña y se detuvo. La barrera de girasoles seguía allí, bajo la nieve. Tiró de un manojo y se quedó mirándolo fijamente. «Pensaba que estos ya estarían al otro lado del condado», dijo. Ella se rió. «Yo también lo pensaba anoche». Él frotó entre los dedos el extremo roto de un tallo. «¿Y se mantuvo más caliente?» «Más caliente de lo que habría estado», respondió ella. «Con eso me basta».

La historia podría terminar ahí, con una artimaña propia de la frontera y unos cuantos vecinos avergonzados. Pero lo interesante vino mucho más tarde. La mujer no tenía laboratorio ni termómetro. Utilizó un material seco, ligero, lleno de aire atrapado y disponible tras la cosecha.

Más de un siglo después, los investigadores estudian los tallos de girasol por muchas de las mismas razones. Sigue leyendo para descubrir cómo...