Se reían de su muro de girasoles… hasta que llegó la ventisca

El impacto sonó como si alguien hubiera lanzado una manta pesada contra la cabaña. La pared tembló, pero el viento más fuerte no alcanzó los troncos con la misma intensidad. Afuera, los fardos de tallos se doblaban contra las cuerdas. La nieve se acumulaba en los huecos que los rodeaban. La mujer observaba a través de un trozo de ventana sin nieve hasta que ya no pudo distinguir dónde terminaban los fardos y dónde empezaba la tormenta.

Horas más tarde, la diferencia en el interior se hizo más evidente. La cabaña seguía estando fría cerca del suelo, y nadie la habría calificado de acogedora. Sin embargo, la estufa aguantaba el tipo. La mujer echó más leña y luego esperó más de lo habitual antes de volver a echar. Su hija extendió las manos hacia el calor. —Funciona, ¿verdad? —preguntó. La mujer miró hacia la pared. —Ayuda —respondió. No quería prometer más de lo que sabía.

Los tallos de girasol no generaban calor. Lo que hacían era frenar la pérdida de calor y reducir el impacto directo del viento. La nieve que se acumulaba en el exterior añadía otra capa de protección. Eso era precisamente lo que la mujer había esperado. Pero la tormenta seguía arreciando. La verdadera prueba era si los fardos se mantendrían en su sitio hasta la mañana siguiente.