La advertencia llegó con el cielo. Una mañana, la luz se volvió apagada y gris, y la tierra parecía desaparecer antes incluso de que cayera la nieve. Los animales se inquietaron. El viento cambió de dirección y se volvió más cortante. Quienes conocían los inviernos de la pradera entendían las señales. Se revisaron las puertas. Se metió leña extra en el interior. Se acercó el ganado al refugio. Nadie quería estar al aire libre si el tiempo cambiaba de repente.
La mujer volvió a dar una vuelta por su cabaña. Tiró de todas las cuerdas y empujó cada fardo. Algunos se habían aflojado, así que los volvió a atar. Su hija la seguía con el abrigo puesto. «¿Va a ser fuerte?», preguntó. «No lo sé», respondió la mujer. Miró el cielo, que se oscurecía. «Por eso nos preparamos antes de saberlo». Al otro lado de la calle, una vecina le gritó: «¿Sigues confiando en tus flores?». Ella respondió: «Confío en el trabajo».
Empezó a nevar antes del mediodía. En menos de una hora, la nieve ya soplaba de lado. Por la tarde, la carretera había desaparecido. El viento azotaba el pueblo con tanta fuerza que las puertas traqueteaban en sus marcos. La gente se apresuró a entrar en sus casas y se quedó allí. La mujer cerró la puerta, la atrancó y echó más leña a la estufa. Entonces oyó cómo la primera ráfaga fuerte golpeaba la pared norte.