Se reían de su muro de girasoles… hasta que llegó la ventisca

A partir de entonces empezó a fijarse en ello. Por las mañanas, tocaba primero la pared expuesta y luego la que estaba detrás de los manojos de girasoles. La diferencia era bastante notable. La pared protegida parecía perder calor más lentamente. También se dio cuenta de que la estufa necesitaba un poco menos de leña durante las noches tranquilas. —¿Son las flores las que lo hacen? —preguntó su hija. —Los tallos, quizá —respondió ella—. Pero no debemos sacar conclusiones precipitadas.

Su razonamiento era práctico. Los tallos secos eran ligeros porque su interior estaba lleno de pequeños huecos. Esos huecos contenían aire. El aire quieto no disipa el calor tan rápido como el aire en movimiento, y esa es una de las razones por las que funciona el aislamiento. Ella no conocía la ciencia moderna que había detrás de ello. Solo entendía lo que podía sentir con la mano. Además, una gruesa capa de tallos secos impedía que el viento fuerte azotara directamente los troncos de la cabaña.

A finales de otoño, la curiosidad había sustituido en parte a las risas. Un vecino que se había burlado del proyecto regresó tras una noche fría. —¿Hace más calor? —preguntó él. —Un poco —respondió ella. —¿Lo suficiente como para que se note? —Miró hacia la pila de leña—. Pregúntamelo en febrero. Él sonrió, pero esta vez no se rió. El invierno aún no había empezado de verdad.