Sin previo aviso, los cangrejos empezaron a agruparse de una forma que al principio parecía extraña, casi caótica. En lugar de dispersarse o intentar huir, empezaron a amontonarse unos encima de otros formando una densa masa viva por todo el fondo marino. Patas, caparazones, movimiento por todas partes. A primera vista, parecía que cundía el pánico. Pero cuanto más observaban los investigadores, más parecía que estaba ocurriendo algo mucho más deliberado.
Esto no era al azar. Parecía ser una forma de protección. Algunos cangrejos, especialmente los de caparazón más blando o vulnerable, parecían meterse debajo de los demás, mientras que los de caparazón más duro permanecían más expuestos en la parte superior. En otras palabras, puede que el amontonamiento no fuera sólo una respuesta de apiñamiento, sino una estrategia de supervivencia. Y entonces la razón se hizo evidente. Una raya había entrado en la zona.
Eso cambió toda la escena inmediatamente. Porque ahora lo que había parecido extraño unos segundos antes de repente empezó a tener sentido. Los cangrejos no se amontonaban por accidente. Estaban reaccionando al peligro.
Y el cangrejo robot, a diferencia de los otros, había quedado completamente fuera de la pila. Lo que resultó ser un muy mal lugar para estar.