Al principio, Joaquim pensó que el sonido procedía de los juncos. Aún estaba demasiado oscuro para ver gran parte del río, y el estrecho tramo de agua que tenía delante parecía casi negro bajo los últimos destellos del cielo nocturno. Había salido antes del amanecer, como hacía siempre, y navegaba con su pequeña barca de madera por uno de los canales más tranquilos, cerca de la orilla de los humedales brasileños.
A esa hora, el río solía estar lo bastante tranquilo como para oír a los peces rompiendo la superficie, a los pájaros moviéndose entre la maleza y el suave golpeteo del agua contra el costado de la barca. Pero esa mañana, algo más cortó el silencio. No era un chapoteo. Ni el susurro de los pájaros. Algo más profundo.
Era bajo y prolongado, como un lento gemido que surgía de debajo del agua, pero había algo raro en él. Demasiado constante. Demasiado pesado. No era el sonido de ninguna criatura que Joaquim hubiera oído antes. Se quedó inmóvil y sacó lentamente el remo del agua, escuchando con más atención.
Entonces llegó de nuevo. Sólo que esta vez, estaba más cerca.