Pero una vez terminada la carrocería, la realidad golpeó con fuerza. El salpicadero permanecía a oscuras, el motor no arrancaba y el complejo sistema híbrido permanecía bloqueado en modo de seguridad. Durante cuatro meses, varios mecánicos intentaron -y no lo consiguieron- reanimarlo. El propietario estaba cada vez más desesperado, sabiendo que un híbrido de esta clase que no se puede conducir es esencialmente un montón de plástico y metal extremadamente caro.
Como último recurso, entregó el coche al equipo de OGS & Mechanics. Lo que encontraron fue un caos: una batería muerta, paneles sueltos y una avalancha de códigos de avería digitales. Los intentos de reparación anteriores no habían hecho más que empeorar las cosas. Una unidad de control dañada había sido sustituida por una pieza de segunda mano que físicamente encajaba, pero digitalmente no encajaba. En el ecosistema de Mercedes, la falta de coincidencia de software entre cargadores, inversores y el ordenador principal es suficiente para paralizar todo el vehículo.