¡Un leñador cortó un árbol hueco, miró dentro y se echó a llorar!

El silencio era absoluto, solo roto por el constante goteo del agua que caía desde las ramas más altas sobre su casco. Marco se quedó inmóvil, con el pulgar apoyado en el interruptor de emergencia. «Solo es un árbol hueco que se asienta bajo la presión», murmuró para sí mismo, aunque su voz sonaba débil en el aire frío. Los cedros viejos eran famosos por contener bolsas de aire atrapadas que gemían al ser cortados.

Sin embargo, cuando apoyó la sierra contra un tocón, un escalofrío incómodo le recorrió la nuca. Se giró lentamente, escudriñando la brumosa línea de árboles. El bosque le resultaba inquietante, como si algo le estuviera observando y siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Acaso un puma había seguido su rastro desde el arroyo? O peor aún, ¿era uno de esos vagabundos que vivían al margen de la sociedad y deambulaban por estas crestas quien le observaba desde las sombras?

Con el hacha en la mano, Marco dio una vuelta por la zona de trabajo. Buscó huellas recientes en el barro blando que rodeaba su equipo, pero solo encontró las huellas de sus propias botas pesadas. Ni huellas de patas. Ni huellas humanas. Respiró hondo y sacudió la cabeza ante su propia paranoia. Solo era el aislamiento jugándole una mala pasada a su mente. Se volvió hacia el antiguo cedro para terminar el trabajo.