Los terneros no dejan de lamer la pared de un viejo granero; el granjero se queda pálido al mirar detrás de ella

La rutina matutina de Robert Gabler se había mantenido sin cambios durante veinte años, pero aquel otoño, una sola ternera la rompió. Todo comenzó a las seis de la mañana, en la tranquila penumbra de la ensenada trasera. Una novilla pequeña, con manchas oscuras, se apretaba contra el muro trasero, moviendo la lengua con movimientos rítmicos y húmedos contra un ladrillo bajo, cerca del suelo.

Robert llamó al ternero para que se acercara al comedero de grano, pero el animal no movió ni un músculo. Agarró su cabestro de cuero y lo arrastró a la fuerza por el suelo de madera. Sin embargo, en cuanto lo soltó, el animal dio media vuelta y volvió trotando directamente a la esquina, clavando el hocico exactamente en el mismo sitio.

Al mediodía, Robert estaba completamente exasperado con aquella criatura tan testaruda. Ahuyentó al ternero, dio una palmada e incluso intentó agitar un pesado saco de arpillera para asustarlo y que se marchara, pero al animal no le importó lo más mínimo. Permanecía inmóvil, sumido en un extraño trance hipnótico, ignorando el grano recién cosechado y el agua para lamer la pared hasta que los ladrillos brillaban con la saliva.