Un padre se da cuenta de que la tumba de su hija siempre está verde… y se queda pálido al descubrir el motivo

La figura encapuchada hizo que a Daniel le viniera a la mente un nombre: Caleb Morris. Emma había salido con Caleb durante dos años, pero había roto con él cuatro meses antes de su accidente. Lo había tildado de controlador, pero se había negado a dar más explicaciones. «Se acabó, papá. Pero puedo manejarlo», le había dicho. Daniel había querido creerla. Ahora aquellas palabras le parecían una advertencia que había ignorado.

Abrió la caja con las pertenencias de Emma que tenía guardadas en el trastero. Debajo de los cuadernos y los cables, encontró su viejo móvil. Daniel leyó los últimos mensajes de Caleb. Algunos suplicaban otra oportunidad. Otros exigían respuestas. Uno decía: «No puedes dejarme fuera para siempre». Otro, enviado dos semanas antes de que Emma muriera, decía: «Encontraré la manera de que me escuches».

Daniel agarró el teléfono con fuerza. Buscó en Internet y se enteró de que Caleb había vuelto recientemente a la ciudad. En el cementerio, los lirios ya no estaban, pero había una franja de tierra removida junto a la lápida. Daniel apartó la hierba. Alguien había cavado allí y había apisonado la tierra con un zapato. Llamó a Sylvia, que se quedó mirando la zona removida. —Deberíamos avisar a la policía, por si acaso hay ladrones de tumbas por aquí —dijo ella. Daniel miró la lápida de Emma y se preguntó por qué Caleb seguía merodeando por allí.