Para la mayoría de la gente, ver un superdeportivo exótico en una película se queda en un simple pensamiento: «Algún día, quizá». Pero para un hombre, ese momento se convirtió en una obsesión que consumiría silenciosamente casi dos décadas de su vida. Todo comenzó tras ver la comedia de 1981 *The Cannonball Run*. El elegante Lamborghini Countach, con su forma de cuña, apenas apareció unos minutos en pantalla, pero dejó una impresión inolvidable. A partir de ese día, Ken no pudo dejar de pensar en ese coche. Por desgracia, tener uno estaba completamente fuera de su alcance. Incluso los ejemplares de segunda mano tenían precios desorbitados.
La mayoría de la gente acabaría pasando página. Ken no lo hizo. En cambio, se le ocurrió una idea tan ambiciosa que casi nadie creía que fuera posible llevarla a cabo. Si no podía permitirse un Lamborghini, se lo construiría él mismo. No una imitación burda. Ni un coche de kit de fibra de vidrio. Quería algo tan fiel al original que incluso a los entusiastas más acérrimos les costara distinguir la diferencia.
¿El único problema? Tenía pensado construir casi todo el coche a mano... en el sótano de su propia casa.