La fecha del juicio estaba fijada para dentro de catorce meses. Moyá me mantuvo informada de la forma cuidadosa y mínima de alguien que gestiona a un testigo. Yo figuraba como testigo material, no como víctima. Yo había solicitado esa distinción. No había sido pasiva en esta historia y me negaba a ser catalogada como alguien a quien simplemente le habían pasado cosas.
Aún conservo el pañuelo de seda de Zúrich. He pensado muchas veces en deshacerme de él y no lo he hecho. Es un buen pañuelo. Ahora pienso a menudo en lo que es real. El cordero era real. La risa desprevenida era real. El nombre del niño muerto y la cuenta de Chipre y los once años de cuidadosa y deliberada ficción también eran reales. Ambas partes son totalmente ciertas.