No me derrumbé. No lo digo con orgullo, sino con una especie de distanciamiento clínico. Por lo visto, en aquella ducha de cuatro minutos del día sesenta y ocho había agotado mi capacidad de desmoronarme y lo que quedaba era algo más funcional. Le di las gracias a Darnell y le transferí el último pago. Me senté un rato en mi coche en el aparcamiento. Luego volví a subir y terminé mi informe trimestral.
Esa noche, miré a Gary al otro lado de la mesa -su particular mandíbula, sus particulares manos, la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba- y comprendí que no sabía quién era esa persona. Había compartido cama durante once años con una ficción elaborada y habitada. Y la ficción no tenía ni idea de que yo lo había descubierto.