Ese fue el momento en que la alianza se hizo real. No amistad. No me interesaba la amistad, todavía no, posiblemente nunca. Pero alianza, sí. Ella tenía acceso; yo no. Yo tenía contexto; ella no. Juntos, teníamos algo que podría ser útil. Le dije que no cambiara nada, que no hiciera bandera de nada y que me llamara si él se ponía en contacto con ella. Aceptó.
Conduje hasta casa, preparé pasta, abrí una botella de vino y, cuando Gary entró a las siete y cuarto, le di un vaso y le pregunté por su día. Dijo que Chicago había sido brutal, con tráfico en la I-90 y un cliente que no paraba de cambiar de portería. Estaba en Chicago un día que yo conocía por el informe de Darnell, en un restaurante a doce manzanas de la oficina de Yvonne. No pestañeó.