Su hija Claire tenía treinta y tres años y vivía a dos horas al norte con su marido Marcus. Claire sobrellevaba su dolor de forma diferente: tenía la foto de Daniel en su mesa de trabajo y hablaba de él con facilidad en las cenas. Helen llevaba el suyo hacia dentro. Las dos nunca habían llevado el duelo de la misma manera, pero siempre se habían apoyado mutuamente.
Durante los seis años siguientes a la muerte de Daniel, Helen no había querido a nadie. Entonces apareció Richard en una cena que ella casi había cancelado, organizada por un amigo común que tenía buenas intenciones. Era un ingeniero civil jubilado, tranquilo, sin prisas, con un sentido del humor seco que la atraía. No había intentado curarla ni animarla, sino que se había limitado a acompañar su dolor.