El desconocido se llevó la mano a la chaqueta. Helen se puso rígida. Sacó algo pequeño, que ella no pudo distinguir desde donde estaba. Luego cerró el puño en torno a él y lo apretó contra su pecho, contra su esternón. Lo mantuvo allí durante el resto de la ceremonia sin moverlo ni una sola vez. Apenas se movió; sólo se sentó, observando el altar.
Los votos. Helen le dijo los suyos a Richard. Los había escrito ella misma, los había revisado once veces, se los sabía de memoria, y en algún punto intermedio se dio cuenta de que estaba llorando y no podía rastrear el momento exacto en que había empezado. Ella dijo las palabras. Richard dijo las suyas. Entonces, justo a su izquierda, lo oyó: un llanto silencioso y privado. El desconocido.