Estaba a medio caminar hacia él cuando se detuvo. Aquella era la silla de Daniel. Pero era su boda y no iba a montar una escena en su propio altar. Se obligó a quedarse quieta y estudió el perfil del hombre. Treinta y tantos. Pelo oscuro y canoso en una sien. Una leve cicatriz detrás de la oreja izquierda. El traje no le quedaba bien.
Richard le apretó la mano. Ella le miró. Su rostro era sereno y cuidadoso, la expresión que ponía cuando estaba manejando algo, manteniéndolo firme desde dentro. No estaba alarmado. No estaba confuso. Manejando. Él invitó a este hombre, pensó Helen, y la idea era tan extraña que aún no podía encontrar la emoción adecuada.