El anciano exhaló bruscamente, sin paciencia. «Basta ya» El cuchillo apareció despacio, deliberadamente: el acero captaba la luz mientras él se acercaba a Emma. Tan cerca que Emma pudo ver cómo le temblaba la mano, no de miedo, sino de intención. La multitud se paralizó. Alguien sollozó. Nadie se movió.
Rex lo hizo. Irrumpió a través de las puertas abiertas como un rayo negro, un destello de músculo e instinto, moviéndose más rápido de lo que pensaba. En un segundo el hombre estaba avanzando y al siguiente estaba en el suelo. Rex le golpeó con todas sus fuerzas, golpeándole el pecho con una precisión entrenada. El cuchillo salió volando y patinó por el suelo.