Rex permanecía rígido cerca de la puerta, con las orejas aguzadas y los ojos fijos en algún lugar más allá de las paredes. No paseaba. No lloriqueaba. Sólo observaba. «Probablemente sobreestimulado», murmuró Lucy. «Mucha gente. Olores nuevos»
Emma asintió, aunque su mirada permaneció fija en Rex. Lucy solía tener razón. Pero Rex no estaba escaneando la habitación. Estaba escuchando. Su madre entró entonces, secándose los ojos con un pañuelo, sonriendo entre lágrimas. Rex se movió al instante.