Un par de estudiantes murmuraron de acuerdo. Alguien susurró: «En realidad… tiene razón», lo suficientemente alto como para que Amber lo oyera. Otros pocos asintieron, casi involuntariamente, como si hubieran estado esperando a que alguien rompiera el hechizo. Richard no dio tiempo a que los matones recuperaran el equilibrio. «¿Sabéis qué ha sido lo mejor de las dos últimas semanas?», dijo, con voz ligera pero firme.
«Darme cuenta de que ya no os tenía miedo. Resulta que en el momento en que deja de importarte lo que piensa un matón… pierde todo su poder» Las mejillas de Amber enrojecieron, esta vez no por la ira, sino por el inconfundible escozor de la vergüenza. Miró a su alrededor, esperando que su círculo habitual la apoyara. En su lugar, se encontró con ojos muy abiertos y pies que se movían.