Con las manos temblorosas, intentó llamar a Jake de nuevo, golpeando la pantalla con el pulgar con desesperada repetición. La llamada saltó directamente al buzón de voz. No sonó, no hubo demora. Su corazón latía dolorosamente ante la posibilidad de que él no tuviera su teléfono o, peor aún, que no tuviera permiso para contestarlo. El silencio nunca le había parecido tan ominoso.
Su respiración se aceleró, cada inhalación era superficial e irregular. Las enfermeras evitaban mirarla a los ojos y le dedicaban sonrisas finas y educadas. Cada vez que les preguntaba qué pasaba, sus palabras, cuidadosamente medidas, parecían ensayadas. Con cada ambigüedad, la desconfianza de Sandra aumentaba, alimentando un temor que amenazaba con consumirla.