Mabel insistió en que estaba «perfectamente, sólo un poco soñolienta», y se rió de las preguntas. Sin embargo, los frascos pesaban en la palma de la mano de Lauren, y las recetas se amontonaban como preocupaciones tácitas. Las dosis parecían altas para alguien tan ágil en la conversación, sus historias vívidas en un momento, enredadas al siguiente.
Lauren las dejó a un lado sin hacer ningún comentario y se preparó una infusión de manzanilla. Mabel le dio las gracias con una palmadita, con ojos agradecidos. El fuego seguía crepitando, pero ahora la mirada de Lauren se desviaba más a menudo hacia aquellas botellas, una primera y sutil sospecha que rondaba silenciosamente en la acogedora estancia.