Algunos días se desdibujaron en este patrón. La tormenta era implacable y las señales de teléfono y red seguían siendo deficientes. Leían en voz alta las gastadas novelas de Lauren, con las voces mezclándose suavemente. A Mabel le temblaban menos las manos y sus mejillas estaban más coloridas. Lauren disfrutaba de aquella tranquilidad, aunque las preguntas se agolpaban en los bordes de sus pensamientos.
Una tarde, mientras ordenaba el abrigo de Mabel junto a la puerta, los dedos de Lauren rozaron un bolsillo. Dentro había tres frascos de pastillas con etiquetas de distintos médicos de ciudades desconocidas. «Para dormir», decía una. «Ansiedad», decía otra. Le llamaron la atención los solapamientos: la misma clase, diferentes dosis, todos recambios recientes.