La nieve seguía cayendo espesa en el exterior, atándolas al ritmo de la cabaña. Las mañanas significaban té y tareas compartidas: Lauren barriendo la ceniza de la chimenea, Mabel doblando la ropa de cama con manos cuidadosas. Por la noche jugaban a las cartas a la luz de la lámpara y las risas amenizaban las horas. Los días sencillos tejían un frágil consuelo entre ellas.
Lauren se sentía tranquila gracias a la compañía, el suave tintineo de las cucharas contra las tazas ahuyentaba la soledad. Otro latido en la casa hacía que la tormenta pareciera menos una jaula. Sin embargo, por debajo de ella corría un silencioso hilo de desafinación, como una melodía ligeramente desafinada.