Con el atizador firme en las manos, abrió la puerta un resquicio, preparándose para amenazar y gritar si era necesario. Una anciana estaba allí, con la nieve cubriéndole el abrigo y las mejillas sonrojadas por el frío. La anciana murmuró, con voz débil: «Oh, creía que ésta era mi casa. Por favor, hace frío» No había pánico, sólo cansancio y ligera confusión en sus ojos pálidos.
Lauren se hizo a un lado. La mujer entró arrastrando los pies, sacudiéndose la nieve de las botas. Lauren cerró la puerta contra el viento y la ayudó a sentarse junto al fuego. «Soy Mabel», dijo, castañeteando los dientes. «Me he dado la vuelta. Eres un ángel para esto. Pensé que alguien me seguía…» Lauren asintió, ya llenando la tetera.