Aquel día el cielo estaba cargado de nieve, que presionaba contra las ventanas de la cabaña hasta que el mundo exterior se convirtió en una mancha gris. Lauren observaba cómo se espesaba desde la cocina, removiendo una sopa que llenaba el aire de tomillo y calor. La radio de la encimera emitía estática entre las alertas meteorológicas.
«Las condiciones de la ventisca empeoran», crepitó la voz. «No se aconseja viajar. Permanezca en casa» Lauren echó un vistazo a su teléfono: no había barras, sólo una débil X donde debería estar la conexión. La cabaña era acogedora, con la luz del fuego bailando en las paredes, pero la tormenta la envolvía como una mano que se cierra con fuerza.