No era ira. Era algo más tranquilo y definitivo: la expresión de una persona que revisa en tiempo real una suposición mantenida durante mucho tiempo. Sarah observó lo que ocurría y no sintió ninguna satisfacción, sólo la particular pena de tener razón sobre algo en lo que habías pasado meses esperando equivocarte.
La habitación esperaba. Sarah se acercó a Tom y le tocó el brazo. Tom sacó un sobre del interior de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa sin decir palabra. Sarah lo abrió y lo puso junto al expediente, uno al lado del otro, las mismas transacciones, las mismas fechas, las mismas cantidades. Un nombre diferente. Su nombre, donde debería haber estado el de Diane, por todas partes. Dijo: «No se limitó a robar a nuestra madre. Pagó a alguien para que pareciera que lo había hecho yo»