Sarah dejó de responder a los mensajes de la familia. Iba a trabajar, volvía a casa y no daba explicaciones a nadie porque ella misma apenas tenía palabras para ello. Tom la cogía de la mano por las tardes sin exigirle conversación. Sherry llamaba periódicamente con novedades que se reducían, siempre, a las mismas dos palabras: todavía no.
Un vecino mencionó el coche un lunes por la mañana, casualmente, por encima de la valla: un sedán oscuro, dos hombres, aparcado fuera durante varios días seguidos. Esa misma tarde, un colega llamó a Sarah aparte para decirle que alguien había llamado a la oficina preguntando por ella. Sarah volvió a casa sabiendo y sintiendo cosas muy distintas.