A la tercera noche, ya podía identificarlos: el goteo en la cocina, el tictac del radiador, la escalera que siempre crujía. Ponerles nombre les quitaba el brillo. Se dijo a sí misma que sólo se trataba de huesos viejos asentándose. En cuanto identificara los ruidos, la casa dejaría de parecerle extraña.
Y así fue. Pasó una semana sin que cundiera el pánico. El viento se convirtió en un sonido de fondo y la caldera en un latido tranquilizador. Lucy seguía despertándose a veces, pero ahora se daba la vuelta y volvía a dormirse, diciéndose a sí misma que estaba aprendiendo el lenguaje de la casa, y que cada crujido era una sílaba que podía traducir.