La casa en sí no ayudaba. Llevaba en pie casi un siglo, toda de ladrillo y madera, una granja jubilada a las afueras del pueblo. Lucy nunca había vivido en nada más antiguo que un piso de ciudad. La primera noche, cada gemido de la madera sonaba como una pisada.
El viento golpeaba las ventanas con un gemido bajo e insistente. Las tuberías repiqueteaban vivas en las paredes al encenderse la caldera. Las tablas del suelo suspiraban bajo su propio peso, la madera se movía al bajar la temperatura. Tumbada despierta junto a la suave respiración de Emma, Lucy catalogaba cada sonido desconocido, con el corazón martilleándole como si estuviera de guardia.