Liam se estremeció con cada ruido y se apoyó contra la pared del camarote hasta que le dolieron los omóplatos. Los piratas se movían con determinación: cuatro de ellos se extendían por el barco como si ya lo hubieran hecho en innumerables ocasiones. Uno de ellos, alto y ancho de hombros, se quitó la bufanda de la cara lo suficiente para hablar.
Su voz era áspera, su inglés entrecortado pero agudo. «No hagáis ruido. No os peleéis» Señaló con un dedo a Ethan y luego a Liam. «Siéntate. Tú vives» Ethan levantó las manos lentamente, en señal de conformidad, aunque sus ojos ardían de frío. «No queremos problemas», dijo con firmeza. «Coged lo que queráis. Pero no hagáis daño a nadie»