Se oyeron gritos mientras unas figuras se colocaban en la proa, cuerdas en mano. Los ganchos repiqueteaban contra la barandilla. Los abordantes se acercaban. El silencio tras la muerte del motor fue ensordecedor. No había un zumbido reconfortante, ni un empuje constante hacia delante, sólo el crujido de la madera y el golpeteo de las olas contra el casco. El pecho de Liam se agitó, cada respiración aguda y superficial.
Sus ojos permanecían fijos en las figuras que se acercaban, siluetas oscuras contra el rocío iluminado por el sol. «Se lo van a llevar todo», susurró. Su voz temblaba tanto que las palabras casi se quebraron. «Mi equipo… meses de trabajo… todo» Sus manos se movieron hacia el maletín más cercano, como si sujetándolo pudiera protegerlo de algún modo.