Después de eso, Sam dejó de dar forma a los acontecimientos y comenzó a seguirlos. Audiencias judiciales. Subastas. Reuniones reglamentarias. Lugares donde el poder se escondía tras el procedimiento y el daño se disfrazaba de protocolo. Observar se convirtió en algo más seguro que hablar, aunque nunca se sintiera bien.
Aprendió a escuchar de nuevo. No a las declaraciones oficiales, sino a las pausas. No a las explicaciones, sino a las reacciones. Descubrió que la verdad seguía apareciendo, pero de forma indirecta, a través del comportamiento y no de las palabras.