El nombre de Sam se limpió en silencio pero con firmeza. Los editores volvieron a tender la mano. Volvieron las invitaciones. No hubo disculpas públicas, pero el trabajo habló por sí mismo. Esta vez, la verdad se mantuvo en pie, y él también.
Una tarde, Fortune corrió por un campo abierto sin dolor ni rigidez. No se desplomó. Era movimiento, libre y sin vigilancia. Sam observó con la garganta apretada, dándose cuenta de cuánto tiempo el perro había llevado el daño sin ser visto.