Sabía que las imágenes no funcionarían por sí solas. Pero también tenía algo diferente. Tenía a Fortune. Un cuerpo vivo que contaba la historia que ningún papeleo podía borrar. Una prueba que respiraba, luchaba y sobrevivía lo suficiente como para que fuera imposible negarla rotundamente.
Al principio, las amenazas llegaron en voz baja, casi educadas en su moderación. Un correo electrónico en el que se le preguntaba si realmente quería retomar viejos hábitos. Un mensaje que sugería preocupación por su seguridad. Nada explícito. Lo suficiente para recordarle a Sam que alguien le observaba y esperaba que dejara de hacerlo.