Estaba a punto de marcharse cuando una puerta se cerró tras él. Siguieron pasos, demasiado cerca, demasiado rápido. «¡Eh!», gritó alguien. Sam echó a correr. La grava le cortó las palmas de las manos cuando tropezó, con el teléfono apretado y la grabación en marcha mientras las luces se encendían detrás de él.
Una mano rozó su chaqueta. Sam se soltó y saltó una valla baja, aterrizando con fuerza pero erguido. No dejó de correr hasta que sus pulmones ardieron y la carretera volvió a tragárselo. Sólo entonces comprobó las imágenes -las manos temblorosas, la respiración agitada- y se dio cuenta de que tenía exactamente lo que necesitaba.