Por una corazonada, Sam fue a las instalaciones de entrenamiento. Aparcó al final de la calle y recorrió el resto a pie, guardando el teléfono en silencio en el bolsillo. El lugar parecía corriente: vallas, cobertizos, focos, pero parecía que los ordinarios habían aprendido hacía tiempo a ocultar la crueldad a plena vista.
Esperó hasta el anochecer, cuando el ruido se suavizó y las rutinas se aflojaron. Desde el límite de la propiedad, Sam filmó en silencio. Los perros se lanzaban a la orden. Los adiestradores ladraban órdenes. Una jeringuilla aparecía y desaparecía. Sin guantes. Ni troncos. Sam sintió que se le aceleraba el pulso a medida que se agudizaba la imagen.